Faro de Fisterra.

¡Qué difícil es empezar a hablar de un faro tan mítico como este, tan rodeado de historia y de leyendas, el lugar más visitado de Galicia después de la Catedral de Santiago! Podría decirse que Fisterra marca el confín da Costa da Morte, y que a partir de aquí empezarían as Rías Baixas. Fue desde siempre una referencia visual fundamental para los navegantes, y uno de los puntos más peligrosos a rebasar junto con el cabo São Vicente (en Portugal) y la punta de Raz (en Bretaña, Francia). Durante muchísimo tiempo fue considerado el cabo gallego más occidental, aunque quien realmente se merece el título es el de Touriñán (y vaya de paso desde aquí mi pequeña reivindicación por este medio olvidado, magnífico y tormentoso lugar).

La historia de este faro comienza en 1847, cuando la Comisión de Faros, que andaba diseñando el Plan General de Alumbrado Marítimo, decidió construir uno de primer orden en Fisterra. Igual que en la historia de otros faros gallegos, las quejas del gobierno británico tras un naufragio, en este caso el del Great Liverpool, influyeron mucho en la Comisión (por cierto, una historia apasionante que podéis leer en este artículo que os enlazo). Sin embargo, su idea inicial fue levantarlo en cabo Touriñán, y, junto al de las islas Sisargas, iluminar toda la costa comprendida entre ambos puntos. Finalmente el faro terminó en Finisterre, y el de Touriñán se dejó para unos cuantos años más adelante. Una historia muy curiosa e interesante, además de poco conocida, que agradezco me hicieran llegar.

En fin, el proyecto se encargó a Félix Uhagón, quien también diseñó los faros de Machichaco y Estaca de Bares. Este ingeniero escogió el lado occidental del monte Facho, a una altitud de 123 metros sobre el nivel del mar; planeó una torre octogonal, maciza, de sillería, de 17 metros de altura y encajada en la fachada posterior del edificio, que es rectangular y tiene un patio central. Fue encendido el 1 de junio de 1853, siendo el más antiguo da Costa da Morte. Su luz blanca alcanzaba las 24 MN y se elevaba a 142 metros sobre el nivel del mar. La lámpara era de aceite de oliva y tenía un panel giratorio cuyos rodamientos no funcionaron tan bien como se esperaba. Además de este defecto el faro quedaba en ocasiones inutilizado por nieblas muy espesas que provocaron más de un naufragio, y en 1880 el Almirantazgo inglés volvió a protestar, visto que eso les daba muy buen resultado. Se acometió una reforma del faro que incluyó varias reparaciones de importancia además de añadirle una segunda planta a la vivienda. A principios del siglo XX se cambió la lámpara por otra de petróleo que le daba un alcance de 26 millas. Pero el mecanismo de rotación no daba más de sí, llegando incluso a quedar la luz fija durante veinte minutos. Salvador López Miño se encargó de la nueva obra en la cual añadieron una planta más al edificio de los torreros, debido a que estos aumentaron de tres a cuatro por la importancia del faro y los peligros de esta costa. Lo malo fue que la estupenda torre del faro quedó así discretamente tapada. En julio de 1931 el faro fue electrificado y se cambió su óptica, de tal forma que su alcance pasó a ser de 36 millas ¡una barbaridad! Hoy en día su alcance es de 23 millas.

Debido a la habitual niebla de los temporales que ya comenté, en 1889 se construyó un edificio anexo al faro, la sirena, a la que se conoce popularmente como a vaca de Fisterra, para avisar a los navegantes de los peligros que les acechaban; estuvo funcionando hasta 1931, y si pincháis en el enlace que está justo encima podréis escuchar una grabación de Carlos de Hita, donde se puede disfrutar de su mugido, además de otros sonidos del entorno del faro. ¡Un registro increíble!

Después de los mil tenderetes que venden recuerdos del faro, del Camino de Santiago y de Galicia, (donde, por supuesto, con el tiempo he ido comprando todo tipo de baratijas), unos metros antes de llegar al faro nos encontramos con otro edificio, el singular El Semáforo; se empezó a construir en 1880 y fue inaugurado en 1883 tras una dura pugna con cabo Vilán, quien también lo ambicionaba; estaba destinado a comunicar avisos y recibir mensajes de los barcos usando un juego de banderas izadas a un gran mástil, utilizando para ello un lenguaje marítimo universal: el Código Internacional de Señales. Pero hoy en día, después de que lo rehabilitase César Portela, es un pequeño hotel de turismo rural. No he tenido ocasión de alojarme allí, a pesar de lo encantador que imagino tiene que ser dormir tan cerca de un faro y con esas espectaculares vistas; así pues, no puedo dar mi opinión personal. Sin embargo, las reseñas que he leído en la web no son muy lisonjeras.

La primera vez que visité el faro fue en el año 1999, y aún recuerdo el impacto que me produjo circular por aquella (para mí) mítica carretera al borde del mar. Desde entonces he vuelto a recorrerla al menos en cinco ocasiones, y siempre con la misma sensación de entusiasmo. Es muy sencillo llegar hasta el faro: una vez que nos encontramos en la villa de Fisterra (la última vez nosotras llegamos desde Corcubión) sólo hay que adentrarse aún más en la lengua de tierra en que nos encontramos, bordeando el mar hacia el sur durante unos tres kilómetros (podemos ir siguiendo el rosario de peregrinos que se encaminan hacia allí, pero también hay carteles que nos orientan constantemente). Y no es imprescindible ir en coche desde el pueblo, es incluso muy recomendable dar un paseo para poder disfrutar de los espectaculares paisajes. Dicen que incluso, en días claros, es posible ver desde allí la frontera con Portugal.

Desde el faro y mirando hacia el oeste podemos observar también a Pedra do Centulo, enorme roca, casi islote, cerca de la cual se hundieron muchos buques. Algunas de las historias que se leen sobre estos naufragios no son muy rigurosas, y es que también circulan muchas leyendas a su alrededor. Igual que sobre el origen de la localidad de Fisterra, que aunque se pierde en la niebla de los tiempos es mencionanada en documentos romanos que datan del siglo I, donde se habla de cómo el sol se precipitaba en el mar mientras una llamarada salía de las aguas. Se creyó que el sol se apagaba, y que más allá no había nada (non plus ultra), excepto monstruos y oscuridad; allí los romanos encontraron o levantaron el Ara Solis, un altar donde los antiguos pobladores adoraban al sol; posiblemente sea el mismo lugar donde ahora se sitúa el Semáforo. Realmente, Fisterra está rodeada de leyendas paganas, religiosas y marítimas que se conservan también gracias a la memoria de sus gentes. En cualquier caso, parece seguro que allí, en lo alto del Monte Facho, en los siglos XVII y XVIII se encendían fuegos para enviar avisos de peligros y para guiar a los barcos y ofrecerles el abrigo de la playa de A Langosteira. Lo cual le venía muy bien al arzobispo de Compostela, que era quien cobraba los impuestos comerciales de este puerto. Y no debían ser mancos, un informe previo a la construcción del faro (años 40 del siglo XIX) contabilizó el paso de 3097 buques en un solo año.

Leyendo curiosidades sobre el faro de Fisterra, me encontré con un informe del año 1858 redactado por el inspector de faros Toribio de Areitio. Resulta que la Comisión de Faros cuidaba de que la mujer e hijos de los torreros pudieran residir con él porque entendían que una vida personal estable contribuía a un servicio eficaz; de ahí que el diseño de las instalaciones cuidara de proporcionarles cierta intimidad. Pues el bueno de don Toribio, en llegando al faro de Fisterra, se escandalizó con la licenciosa vida que llevaban los tres torreros. Estando todos ellos solteros, se les había ocurrido amancebarse con jóvenes del pueblo, donde todos conocían y referían escandalizados la regalada vida que allí disfrutaban. La cosa terminó con peleas entre los tres, lo cual llevó a don Celedonio de Uribe, ingeniero jefe de la provincia, a trasladarlos a todos a otros destinos por su «carácter brusco».

Fisterra también es parte del Camino De Santiago; es tradición, una vez abrazado el Apóstol en la Catedral, recorrer los 98 kilómetros que nos separan de Finis Terrae, visitar al Santo Cristo de Fisterra y realizar ciertos ritos para llegar a la purificación espiritual: limpiar el cuerpo y el polvo del camino bañándose en la playa da Langosteira; quemar las ropas para deshacerse de todo lo material que nos lastra en el comienzo de una nueva vida sin pecado (es costumbre hacerlo al lado de esta bota de bronce situada detrás del faro); y ver la puesta de sol como símbolo de la resurrección del alma. Es casi imperdonable marcharse de Fisterra sin haberla disfrutado al menos una vez en la vida; la gente se agrupa en las rocas (bien abrigados, eso sí) y espera hasta que el mar engulle el sol, para así emular a los antiguos romanos e intuir lo que pudieron haber sentido al creer que el astro desaparecía para siempre. Al menos así lo hice yo…

Un placer y hasta pronto.

9 pensamientos en “Faro de Fisterra.

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