El duro oficio del farero: la vida en el faro.

Seguimos hoy hablando sobre los fareros. Mientras que en Francia los torreros tenían prohibido que sus familias vivieran con ellos, en teoría para evitar disputas, en España siempre se entendió que era mejor que residieran todos juntos. Incluso los ingenieros cuidaban el diseño de los faros pensando en la comodidad de la prole. Tenían la teoría de que un farero con una vida familiar rutinaria y estable garantizaba que sería estricto y cumplidor en su trabajo.

Leo una anécdota a este respecto en el informe de un inspector, que visitó varios faros en 1858, y se escandalizó ante la licenciosa vida de los tres torreros de Fisterra. En su informe dio más detalles: antes de entrar en el cuerpo de fareros, uno de ellos no tenía oficio ni beneficio, otro era sastre y el tercero músico. Todos eran solteros, pero vivían amancebados con jóvenes del país, incluso del pueblo más cercano. Dichas jóvenes referían entre los vecinos la buena vida que se pegaban en el faro, lo cual minaba la reputación del cuerpo de fareros en general. Esta situación se prolongó unos años, y dado que había frecuentes peleas entre los tres, finalmente fueron trasladados a distintos faros. El inspector aconsejó encarecidamente que no entrasen mujeres en los faros, exceptuando esposas, hijas, madres o hermanas, salvo casos de enfermedad, naturalmente.

Estaba establecido que en los faros de primer y segundo orden habría 3 torreros, y en los de tercer y cuarto orden 2. Su trabajo principal era por la noche, y normalmente en dos turnos, de 18 a 24 h y de 24 a 9 h, aproximadamente. Por el día limpiaban el faro y anotaban todos los incidentes mínimamente reseñables. Iban uniformados y disponían por ley de armas de fuego para defender el faro, dado que eran lugares muy estratégicos y por tanto golosos para el enemigo.

En cuanto a los destinos, entre los torreros los calificaban según su dureza (igual que hacían los franceses) en tres grupos: infierno, purgatorio y paraíso. Para poder trabajar en este último grupo debían haber cumplido veinte años de servicio. En Galicia, los peor considerados eran Sisargas, Vilán y Touriñán. En cualquier caso, la vida en el faro no era nada sencilla: largos y oscuros inviernos, viviendas casi siempre aisladas, un trabajo exigente y de gran responsabilidad, del cual dependían vidas humanas; que no entiende de fiestas y apenas dejaba lugar para el ocio, pues si no estaban atendiendo al faro debían cuidar la huerta y de los animales que tenían para su propio consumo. Y en caso de accidente o enfermedad muchas veces era complicadísimo pedir y recibir ayuda médica.

Como véis, una vida nada fácil ni envidiable.

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