Que se marcha el 2021.

Cuando hace un año despedíamos el 2020, todo el mundo (y yo la primera) estábamos convencidos de que el 2021 sería mejor, era imposible empeorar el año del confinamiento. Pero noooo, no hay nada imposible y estos últimos doce meses han sido aún peores que los anteriores. Hablo obviamente desde mi micromundo, que ha sufrido mucho este año y que termino encerrada en casa desde el 24 de diciembre y hasta el 5 de enero, es decir, absolutamente todas las fiestas, por culpa de ese bicho que no quiero ni nombrar. Podía ser peor, podría haber terminado en el hospital o en el cementerio, o estarlo sufriendo en soledad. Mucha gente me acompaña (a prudente distancia) y me envían ánimos, provisiones y lo que necesite. Pero es frustrante intentar ser prudente, cuidadosa y cumplidora y que te salga mal la cosa de todas formas. Menos mal que nos vacunamos y el asunto no está siendo grave, pero de verdad que me tiro de los pelos. No sé ya que esperar del 2022, no quiero ni pedir nada que no sea salud.

Y es que hace un año tenía una lista de propósitos estupenda que voy a repasar ahora mismo:

  • Viajar a Florencia con mi hija, alquilar un coche y recorrer la Toscana. [bien, he ido a Suiza y no ha sido con ella, no es lo mismo pero podría ser equivalente].
  • Desconectar más a menudo el teléfono para hacer otras cosas. [Sí, un poquito más sí lo hice]
  • Tirar recuerdos que ya no quiero recordar. [Perfecto, objetivo cumplido]
  • Alquilar una casita para pasar varios días muy cerca del mar. [Nada de nada]
  • Ir a un musical [NO], a un ballet [SÍ], a una obra de teatro [NO] y a un concierto [SÍ, gracias, Carlos Núñez por partida doble, tan genial como siempre].
  • Poner una lámpara en la entrada que den ganas de entrar y quedarse. [Hecho, pero por desgracia fue un regalo de despedida que hubiese cambiado por no tener esa despedida]
  • Leer al menos 10 libros de los que tengo en mi «estantería de libros sin leer». [SÍ, pero es que me tientan tanto los que veo en la biblioteca…]
  • Aprender más recetas nuevas. [También]
  • Hacer algo con las fotos que tengo en el ordenador. [No]
  • Conseguir el difícil equilibrio entre ir más despacio a todo y no llegar tarde siempre. [Pufff, imposible, otro año será]
  • Pasear más por la Naturaleza. [Noou, como diría mi hija]
  • Apuntarme a un curso de vela. [Nopi]

Bueno, tampoco era una lista muy exigente, la verdad. Pero hoy no quiero hacer una nueva, no tengo cuerpo para ello. Aunque ahí están mi calendario y agenda nuevos deseando ser estrenados, iré paso a paso y día a día, que ya bastantes planes se hacen a mi alrededor y me dejaré arrastrar por alguno, en todo caso.

Sí espero poder seguir escribiendo sobre faros, visitarlos y leer sobre ellos. Espero que mucha gente los descubra como la maravilla que son, los visite y los cuide. Espero que me sigáis leyendo, aunque escriba menos, y que me enviéis vuestras fotos y noticias de viajes. Espero que os sigáis acordando de mí cada vez que veáis un faro.

Un abrazo muy fuerte y que sea lo que Dios quiera.

«Faros: luces del norte», libro de Julio Herrera.

¡Precioso libro sobre faros que ha pasado por mis manos! El fotógrafo asturiano Julio Herrera publica un nuevo libro (y ya van más de doce) con su maravilloso trabajo, centrado en esta ocasión en faros gallegos, asturianos, cántabros y vascos. Son fotografías obtenidas con mucha paciencia y buscando bien el mejor encuadre.

Dice Julio en el prólogo dos cosas que me han llegado: que lleva años persiguiendo faros con su cámara por todo el mundo, buscando el momento en que su luz «llega a transformar su entorno en lugares de leyenda«. Y que cada faro tiene su propia personalidad («los hay románticos, sobrios, barrocos, recios, tristes, fantásticos, solitarios, delicados…») y hay que saber mirarlos para descubrirla. Pues ¿sabéis? me gusta mucho su mirada. Mucho.

Día de los Abuelos.

Hoy es 26 de julio y se celebra el Día de los Abuelos, así que toca compartir alguna de las fotos más personales que tengo de mis visitas a los faros para homenajear a los abuelos de mi hija. Que siempre se apuntan a un bombardeo, a subir o bajar acantilados, a contar historias o a hacer una tortilla para comer en cualquier parte. ¡Felicidades, abuelos!

«Breve atlas de los faros del fin del mundo», José Luis González Macías.

Anduve detrás de este libro un par de semanas para hacerme un regalo por el 23 de abril, pero no lo encontré y finalmente lo conseguí en la biblioteca. El autor se presenta de buenas a primeras como un impostor, un hombre de secano, de interior, dedicado profesionalmente al diseño y por cuyas manos han pasado proyectos como el de Nubeteca de la Diputación de Badajoz, que conozco gracias a mi bibliotecario extremeño de cabecera, José Antonio Teodoro Leva. Y es que el mundo es un pañuelo.

José Luis nos cuenta en el prólogo que es un enamorado de los faros, de las ilustraciones y de los mapas. Y de esa combinación de afectos no podía surgir otra cosa que un libro tan bonito como éste. Bonito por fuera y por dentro también. Que nos habla de faros desperdigados por los cinco continentes, de los fareros que los cuidaron y de las increíbles historias (y alguna leyenda) que los rodean. De faros construidos y transportados por piezas a la otra punta del mundo; de faros que siguen operativos y de otros que se derrumban lenta e irremediablemente; faros ubicados en lugares tan extremos que sus escasos habitantes los han abandonado, o en lugares con nombres tan elocuentes como Guardafui (mira y huye). Lugares con nombres románticos, evocadores o exóticos, donde ocurren sucesos extraños, a veces sin explicación, desapariciones y desgraciados accidentes. Faros y fareros al límite. Como el farero ciego de Svyatonossky [en Rusia] o el de Eddystone [Reino Unido] que con 94 años sobrevivió doce días tras tragarse un trozo de plomo fundido mientras sofocaba un incendio en su faro. Y fareras, que José Luis no las olvida: en Rhode Island [EE.UU.] sirvió Ida Lewis, que dedicó toda su vida al faro de Lime Rock. O Grace Darling, una heroína en el faro de Longstone en las islas Farne [Reino Unido], una mujer que cuenta incluso con museo propio. Y Abbie Burgess, valiente hija y esposa de fareros en Matinicus Rock , Maine [EE.UU.].

En fin, más que un libro sobre faros es un regalo, casi un objeto de coleccionista, y que se completa con los mapas y dibujos que el mismo autor ha realizado. Merece ser leído bien despacio. Enhorabuena al autor.

«Keepers, el misterio del faro», película de Kristoffer Nyholm.

Acabo de ver esta inquietante película del año 2018, donde trabaja uno de mis actores favoritos, Gerard Butler. El director intenta dar una posible explicación a lo que pudo pasar en diciembre de 1900 en el faro del islote de Eilan Mor [islas Flannan, Escocia], cuando los tres fareros que lo atendían desaparecieron para siempre. El faro se apagó el 15 de diciembre de ese año por causas que se desconocen, pero hasta 11 días después ningún barco pudo arribar debido al estado de la mar. Al llegar allí no encontraron explicación a la desaparición de los tres hombres; una silla tirada, comida en la mesa, un abrigo, solo uno, colgado en el perchero… La última anotación en su diario era del 15 de diciembre y no señalaba nada extraordinario.

La película nos muestra una relación correcta y cordial entre ellos, la vida sencilla que llevaban allí y las difíciles condiciones de trabajo en la isla. Las cosas empiezan a cambiar cuando una mañana descubren que el mar ha arrojado a la isla un bote de remos y un cadáver. A partir de ahí se encadenan malas decisiones con circunstancias imprevistas. La codicia, la desconfianza, el miedo, el intentar hacer las cosas lo mejor posible para todos… todo contribuye a crear un ambiente de terror y desesperación absoluta.

Espero que la disfrutéis mucho. A mí me gustó más que la de «El faro«, con Willem Dafoe y Pattinson, que además de angustiosa me resultó un tanto paranoica y muy perturbadora.